jueves, 9 de mayo de 2024

Històries de l'alumnat, 1. Dos dels primers escrits: "Ayman" i "Las camisas de Nadia"

Històries de l'alumnat, 1

Dos dels primers escrits: "Ayman" i "Las camisas de Nadia"




Els  textos següents són escrits dedicats a dos alumnes meus a qui vaig conèixer durant el meu primer curs a l'institut Agustí Serra i Fontanet, on segueixo treballant a dia d'avui. Formen part de les notes que prenc a la meva "llibreta de l'institut", una Oxford tamany 17x22 cm. a la qual cada cop queden menys pàgines en blanc. El primer escrit obria la llibreta, i data del 28 de febrer de 2019. El segon el vaig escriure el gener de 2020.


Ayman


Es curioso. Les pido a mis alumnos que escriban un Diario, les explico sus virtudes, les digo que lo hagan en cualquier momento, sin esperar grandes ceremonias... Y yo llevo semanas cargando mi libreta en la mochila, pensando que les prometí que también escribiría, imaginando formas distintas de comenzarlo y temas sobre los que llenar la primera página, sin atreverme a hacerlo.

Cuánto me cuesta, siempre, escribir. Ponerme a mí mismo en palabras, aceptar el riesgo de no ser lo suficientemente bueno, reconocer mis límites y la posibilidad de no gustar. ¿Será precisamente por eso, en parte, que me atrae tanto la literatura? ¿Será por eso que les digo a mis alumnos que escriban? 

¿De qué escribiría, si realmente tuviera que escribir hoy? Probablemente de Ayman; de cómo me duele que se haya tenido que ir. Me pregunto si le olvidaré con el tiempo. Su nobleza. Sus bromas sobre quitarme el móvil o el reloj, que al final de las clases siempre me devolvía. Sus ojos: valientes, obstinados, inocentes. El orgullo con que un día me contó, castigado en la salita entre Prefectura y Coordinación, que era el capitán de su equipo de fútbol, y su preocupación por si le quitarían el puesto debido a las notas. Y su malestar. Su confusión. Su incapacidad de estar quieto en clase. Sus historias sobre su familia. Su olor. Sus abrazos.

Y escribiría sobre la rabia que me produce el mundo confuso y lleno de malestar en el que vivimos. "Eh, que aquí nadie pasa hambre", me dijo un día, muy chula, una alumna a la que aprecio de la clase de Ayman. Otra orgullosa, experta en romper papeles, uno tras otro, cuando la letra no le salía lo suficientemente bien. Pero la pobreza toma muchas formas y tiene muchas realidades.

P. D. Después de que lea esto ante la clase de esta alumna, a la ya antigua clase de Ayman, temiendo que no me escuchen, con cierta vergüenza y emoción; durante la clase, mientras vemos nuestra serie, Ahmed me llama, flojito, desde un rincón. Me enseña mi reloj y mi móvil, que me había cogido sin que me diera cuenta. "Como Ayman", me dice. Le paso la mano por la cabeza, con una sonrisa, y cuando me giro para volver a donde estaba me susurra: "en el perchero hay un jersey de Ayman que no se llevó. Para que le recuerdes."


***


Las camisas de Nadia


Para Nadia


El primer año de mi estancia en el Agustí Serra trabé una relación muy especial con un grupo, 3º C. El trato que desarrollamos, las vivencias que tuvimos -trato y vivencias que, por suerte, he seguido teniendo con otros grupos-, me ha llevado a decir, a veces, que en el A. S. somos casi como una gran familia. Una de las alumnas de esa clase se llama Nadia: dicharachera, bonachona y aguerrida: ¡ay, cuando se enfadaba porque algo le parecía injusto! Ahora Nadia es mayor y ha dejado el instituto, pero todavía viene, de tanto en tanto, a preguntar cómo estamos sus profesores.

En nuestras clases de Castellano, Nadia se acostumbraba a reír de las camisas que llevaba y, en algún caso, todavía llevo. "¡Parecen las de mi abuelo!", me dijo un día, burlona. "Pues podrían muy bien serlo", le respondía yo: "esta de la que te ríes, de hecho, se la he quitado al mío. Le quiero mucho, y me gusta ponérmela." "Pues un día te traeré una de mi abuelo para que te la pongas. Ya verás", terminó ella. Pero ese curso acabó, Nadia no siguió dando Castellano conmigo el siguiente y esa promesa quedó olvidada.

Sin embargo, un día, por la mañana, cuando llegué al instituto, al entrar al Departamento de Lenguas, me encontré encima de mi mesita no una, sino dos camisas. Estaban "por estrenar", con su emboltorio y hasta con el precio puesto, y podrían muy bien haber sido compradas por mi abuelo en el Alcampo. Inmediatamente supe que me las había traído como un regalo Nadia, en recuerdo de nuestras bromas. Y supe también, con una seguridad triste y cálida, que eso significaba, que eso era la manera llena de ternura de Nadia de decirme que su abuelo había muerto.

Fui a verla a su aula y la abracé. Y le conté que también mi abuelo había muerto ese verano. Y me di cuenta de que ese momento lo guardaríamos para siempre.


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