Històries de l'alumnat, 2
Ahmed y el mar, yendo de colonias
En 1º de la ESO, Ahmed, un alumno enorme, con aspecto apacible como el de un cordero pero incapaz de controlarse, acumulaba partes, partes, partes y más partes. Lo hacía sin querer, no podía evitarlo; pero se decidió que, pese a ello, iría a las colonias con el resto de compañeros. "No puede negársele la experiencia", se argumentaba: "seguro que aprende cosas." Mientras yo daba clase con su grupo, pensando en lo que vendría, le pregunté por su relación con el mar:
- ¿Vas mucho a la playa en Marruecos, Ahmed?
- No, profe. Siempre piscina.
**
Llega el día. Por la mañana, a la salida del sol, mientras los profes pasamos caóticamente lista entre bolsas, mochilas, padres, madres, hermanos y abuelas, ya vamos tarde. Tenemos problemas de comunicación con la empresa de transportes, que no nos hace llegar el autocar al lugar, la Plaça Espanya, tal y como habíamos acordado.
Ahmed está ahí, claro. Una de sus particularidades es que responde, siempre muy educadamente, a las preguntas retóricas. Si no le conoces, si no estás preparado, eso puede sacarte de quicio, porque puedes pensar que lo hace para molestar. Y, en todo caso, esto sólo es la mitad del cuento, porque Ahmed disfruta verdaderamente dando las respuestas correctas a las preguntas, incluso cuando no son correctas, porque eso es secundario.
En medio de la calle, todavía esperando el bus, una profesora que se ha apuntado a las colonias a última hora y a regañadientes, se harta del barullo.
- ¡Bueno, ya basta de gritos! ¿Vosotros creéis que esto es normal? - Suelta, con el ceño fruncido.
- ¡No, profe! ¡No es normal! ¡No-está-bien! ¡Está-mal! - Ahmed responde sin mirar a ningún sitio en particular, la gorra calada, las manos bien agarradas en las hombreras de la mochila. Está radiante.
La profesora mira de reojo a Ahmed, le pregunta su nombre. Se nota su enfado. No entiende todavía que es algo que no conduce a ningún sitio.
- Es que, vamos a ver, ¿en qué curso estáis?
- En 1º de la ESO, profe. Institut-Agustí-Serra-i-Fontanet.
- ¡Ahmed, cállate, por Dios!
- Alhamdulillah, profe.
*
El trayecto en el autocar sí va bien. Bueno, a ver, va normal. Al llegar a la casa de colonias, después de descargar las mochilas y dejar a los alumnos desayunando, un grupo de monitores nos pide a los profesores que pasemos con ellos al despacho para explicarnos cómo se organizará todo. Muy profesionalmente, nos sientan en una mesa y nos desglosan todas las actividades de los próximos tres días. Un hombre con barba, amigable y enérgico, nos da impresiones a color con información, un par de folletines y hasta el boli con el que nos ha marcado algunos detalles a tener especialmente en cuenta. "Llevamos 30 años en esto y lo hemos visto prácticamente todo. Podéis confiar en nosotros. Todo el mundo se lo va a pasar muy guay", nos dice. "Guay". Entre los profesores miramos al joven imberbe que quedará encargado de todo cuando él se marche, y le sonreímos con una mueca compasiva, entre lo dulce y lo irónico.
*
Los monitores piden que el alumnado se ponga en corro y comienza el primer juego. Ahmed no entiende cómo funciona, lo lía todo, y terminan por echarle. Por alguna razón, entonces decide ponerse a hacer el viejo, coge un palo y va dando vueltas con lentitud alrededor del círculo de compañeros. De tanto en tanto suelta un lamento en árabe. Se fijan en él las primeras miradas, como atraídas por un imán; se oyen los primeros comentarios. Una compañera de clase, Nora, sale del corro, le abraza, y ahora son dos quienes cojean juntos alrededor del círculo.
*
Mientras esperamos la comida, algunos alumnos juegan a tirar piedras. Todos sabemos cómo acaban estas cosas. Ahmed, claro, también tira, y lo hace justo a mi lado, como si no estuviera.
-Ahmed, para. - Le digo. - Ahmed, deja las piedras. Ahmed, esto terminará mal y lo sabes.
Pero Ahmed no para, no deja las piedras, más bien se pone a correr, riéndose mientras se zafa de los intentos del profesorado para desarmarle, como si llevara una pelota de rugbi entre los brazos. Está empezando a sudar, ya se le nota la adrenalina en el juego de romper las reglas, se le asoma en sus ojos, en la boca, donde le nace una mueca escapista y desmadrada.
De pronto, empieza la pelea. Con Daniel. Y quienes corremos ahora somos nosotros, los profesores.
- ¡Ya me tiene hasta los huevos este cabrón de mierda! - grita Daniel, una vez hemos conseguido separar el amasijo de golpes, tirones, arañazos.
- ¿Ves lo que ocurre, Ahmed? - Le pregunto, alzando la voz.
Ahmed aparta la mirada como un perro culpable. Reconoce, con un gesto de cejas, que no estuvo bien.
- Sí lo veo, profe. Perfectamente. - Responde.
Los profes, por nuestra parte, intentamos recuperar el aire, los latidos acelerados también por la adrenalina. Alguien examina el cuello de Daniel, que sangra un poco y sigue alterado y murmurando amenazas. Cuando volvamos al instituto, los dos estarán expulsados por esto. Pero tenemos que hablar seriamente con Daniel.
*
Por la tarde, en la playa, se está bien. Corre un viento fresco, primaveral. Desde un montículo de arena, un poco alejados del resto, otro alumno, llamado Abdessamad, y yo miramos tranquilamente a un grupo de compañeros que se prepara para subirse a una plataforma de plástico que flota en el agua, a tocar de la orilla. Se están poniendo unos grandes flotadores para que nadie tenga ningún percance. De pronto, vemos cómo Ahmed, que se ha malpuesto el flotador, se separa del grupo, mientras los monitores están desprevenidos, y sale corriendo directo hacia el agua.
- ¿Ahmed sabe nadar, Abde? - Le pregunto.
- No. - Me responde.
Alzo las cejas, luego los hombros: pase lo que pase, no llegaré a tiempo.
- ¿¡Pero Ahmed, adónde vas!? - grita el monitor, aterrado, cuando alguien le indica qué está ocurriendo.
- ¡A Marruecos, profe!
- ¡Ahmed! ¡¡¡Ahmed!!!
Es otra profesora, que estaba cerca, quien saca a Ahmed y su corpachón del agua, agarrándole como puede del brazo y advirtiéndole que en esa dirección, en todo caso, no está Marruecos, sino Mallorca. Abde me mira, los brazos en jarras y el gesto jocoso, como no creyendo lo que ven sus ojos, y exclama con placer:
- ¡Putos moros!
*
A la vuelta de la actividad cae el sol. Todos estamos cansados. De pronto, no sabemos cómo, Ahmed se nos pierde en algún punto entre la playa y la entrada a la pineda de la casa de colonias. Lo cierto es que, por razones que no acabo de entender, de nuevo, no me preocupo.
- ¿Dónde narices está este ahora? - se desespera la profesora que lo sacó del agua.
- No puede haber quedado atrás. Debe estar más adelante. - digo, optimista.
Pero no. Resulta que Ahmed se había rezagado, oculto tras una palmera, de donde había cogido dátiles no aptos para el consumo humano. Y los iba dando alegremente a sus compañeros, convencido de que ya tenía un negocio para la vuelta a Sabadell. Me doy cuenta de ello cuando me giro y veo a su tutora persiguiéndole con un palo y a él huyendo, gritando, acercándose a mí. Pasa por mi lado como una exhalación, murmurando cosas en árabe, y se dirige finalmente hacia la casa de colonias. "Nobody is ready for that", se puede leer en la camiseta que lleva. Me pregunto cómo a veces estos mensajes aciertan tanto. Y, verdaderamente, es algo que me tranquiliza; al menos, ante los ojos del Señor.
*
A la hora de la cena, ya no intentamos parar el ruido ensordecedor de nuestro alumnado que antes, al mediodía, nos había avergonzado. Los profesores intentamos terminar nuestra comida tan pronto como podemos. Ahmed se ríe mientras bufa el yogur de los postres en la cara de los compañeros, que comienzan a estar hartos de que, al hacerlo, también les escupa en la cara; tanto como de recibir yogur.
- ¡Ahmed, coge la silla, ve a sentarte solo a ese rincón y cómete el yogur... mirando a la pared!
Ahmed lo hace, enfurruñado, arrastrando la silla con un ruido metálico infernal que sobresale de entre el griterío. Insulta y maldice, rencoroso, durante todo el trayecto hasta el rincón, donde se sienta a comer el poco yogur que le queda. Desde las mesas, los compañeros le hacen bromas mientras se lo zampa.
- ¡Este niño ha logrado sacarme de mis casillas! - nos confiesa el profesor que lo ha mandado a sentarse solo, que es psicólogo de formación. Y se va él también a por yogur.
Pero a Ahmed, ahora, le tiran bolas de papel. Primero tímidamente, como fingiendo que no ocurre nada, a lo que él responde, de espaldas, como si espantara moscas. Pero recibe cada vez más y, sin girarse, empieza a devolver el fuego con cierta rabia, acercando los papelillos con los pies. Aunque está en inferioridad, se va animando y acaba girando la silla y desafiándoles abiertamente, contento y belicoso. Me levanto cuando se le han acabado las bolas a su alrededor y veo que se queda con el yogur vacío en una mano y en la otra la cuchara.
*
Por la noche, le envío una foto por Whatsapp al director del instituto. Un grupo de niños, entre los que no está Ahmed, surfea en el agua, cerca de la playa. Uno de ellos, incluso, se ha montado de pie encima de la tabla, y me mira levantando el dedo pulgar. Es Daniel. "Todo bien", le digo. "Mañana más." El director me lo agradece.
**
Las cosas han seguido transcurriendo en una línea homogénea. Es ya el último día, tenemos todos la piel quemada y unas ojeras profundas, y falta poco para que cojamos el autobús de vuelta a casa. Me encuentro en la habitación de los profesores, que compartimos seis de nosotros, aunque en general pasamos poco rato en el mismo lugar, incluso por la noche. Las colonias crean un vínculo inolvidable entre los docentes. Salta la alarma de incendios. Me extrañaría mucho que fuera algo grave. Sólo quiero terminar y que nos marchemos de aquí cuanto antes; el fuego podría ser una razón tan buena cualquier otra.
Cuando salgo de la habitación, la alarma ya no suena; pero un enjambre de alumnos revolotea alrededor del guarda de seguridad, que se lleva las raquetas de ping-pong con las que jugaban: "¡Se acabó!", grita, mientras se va a su oficina. Una parte del enjambre, también muy enfadado por quedarse sin juego, se mete con Ahmed, que se mira, contrariado, el dedo con el que apretó el botón rojo de la pared.
*
La despedida con los monitores es más bien emotiva. Uno de ellos quedó completamente mimetizado, y dice adiós al grupo gesticulando en una jerga que se me escapa. Ya subidos todos en el autocar, mientras el conductor maniobra para salir del patio de la casa de colonias, veo a Ahmed, hacia la parte de atrás, en el asiento de la ventana, sin nadie al lado. Me acerco y me siento a su lado. Por si acaso, y también para hacerle compañía. Durante el trayecto, mira por la ventana en silencio. Me preocupa un poco, y le pregunto si está bien. Me dice que sí. Le rasco suavemente con los dedos en el punto donde termina la frente y comienza el pelo. Está tranquilo, y cierra los ojos. Quizás piensa en el mar.
***
Ha pasado el verano. Por desgracia, yo ya no doy clases en el instituto. Este curso me cuentan que Ahmed está mucho mejor. Sólo le han puesto una incidencia y ya es el subdelegado.
abril - octubre de 2024
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