martes, 24 de febrero de 2026

Històries de l'alumnat, 5. Atardecer con Yandel

Històries de l'alumnat, 5

Atardecer con Yandel




El jueves pasado invité a un grupo de alumnos al Cineclub. Proyectábamos Bird, de Andrea Arnold, una película sobre la belleza que, pese a todo, puede encontrarse en el mundo; sobre la amistad, la confianza, la madurez, la libertad.

Cuando llegamos, con Aldara, a la plaza de delante del Imperial, hacia las 19:45 h., ya estaba ahí esperando Natalia, que ahora está estudiando 1º de Bachillerato en el Agustí Serra. Poco después llegó Yandel. Lo vi venir desde lejos, vestido de negro; el paso rápido, ligero, como si tuviera alas en los tobillos; la mirada clara y su sonrisa de gato en los labios.

Le presenté a Aldara y a Natalia y la pregunté si sabía qué harían al final los demás, si vendrían.

-No lo sé -dijo él-. Me he dejado el móvil en casa. Había comentado con Jero que sí.

-Bueno, si sólo venís vosotros compraremos palomitas.

Entonces llegó, por sorpresa, mi padre. "Solo falta que Yandel conozca también a mi hermano", pensé. Pero mi hermano está esperando un bebé y ese día tenía un curso sobre paternidad con su mujer, Angie, y no pudo venir.

Como ya faltaba poco para las 20 h., cuando empezaba la película, Aldara y Natalia fueron a hacer cola, para no perder tiempo, y comprar al menos 4 entradas, y Yandel y yo nos quedamos esperando. Creo que, como a mí, a Yandel le habría gustado ver aparecer de pronto a los demás, corriendo y montando barullo. Que Naiala saliera gritando por una esquina, o que Mohamed fuera perseguido, riendo como un loco, por cualquiera de los demás. Pero a las 20 h. en punto seguíamos solos, y Yandel dijo: "entremos". Y entramos.

En la sala de cine, se sentó a mi lado. Durante la proyección de la película, de tanto en tanto, lo miraba de reojo: ¿se aburrirá? ¿le gustará lo que ve? ¿se estará durmiendo? En cierto momento, se puso la capucha. En otro punto, un personaje dijo: "I guess". Le di un golpe con el codo, y pilló la broma.

A la salida del cine, eran más de las 22 h., y no quedaban buses. Como profesor, no se me permite que los alumnos suban a mi coche, pero no fui capaz de negarle la posibilidad, y propusimos a Yandel llevarlo a casa. Al principio nos dijo sólo de acercarlo a la Plaça Espanya, desde donde seguiría caminando hasta Via Alexandra, donde vive. Luego aceptó que lo acompañáramos durante todo el trayecto.

Para eso, fuimos a buscar nuestro coche al parking donde lo guardamos, debajo del bloque de pisos donde vivo con Aldara. Durante el camino, comentamos un poco la película. Veía a Yandel tal vez cohibido, con una timidez que no le conocía en clase. Algo, por otro lado, normal. Nos comparamos con los personajes, discutimos el final. Aldara pisó una mierda de perro enrome. Fue todo muy bonito, y le dije a Yandel que era una pena que los demás no hubieran venido, que se lo habrían pasado bien y habrían sacado cosas de la experiencia. Como soy bastante fantasioso, ya nos imaginaba a todos comiendo una hamburguesa y unas patatas en el McDonald's. "Ellos se lo pierden", dijo Yandel. "Y nosotros", pensé yo.

Una vez en la entrada de casa, tenía curiosidad por ver su reacción. Es un bloque nuevo, de Protección Oficial, y me di cuenta de que probablemente le resultaría chocante. "¿Eres un pijo?", me preguntó. Yo me puse a reír y le dije que no, que era la primera persona de mi familia con una carrera. Él me contestó que cuando me había visto pensó que era un pijo por mi manera de hablar.

En el coche, decidí conducir yo. Normalmente no lo hago, en nuestra casa conduce Aldara, y decidí dar un poco de espectáculo avisando a todos de que, debido a mi falta de práctica, quizás tendríamos un accidente. Por las calles desiertas, bajo la luz amarillenta de las farolas, iba haciendo eses con placer, mientras decía: "¡No existen los carriles para mí!" Yandel vio un Volkswagen New Beetle azul marino horroroso y dijo que ese coche me pegaba. Qué desastre. Hay una parte de mí que querría impresionar a las personas que conozco, y, qué sé yo, tener pinta de Audi, de Mercedes, de BMW, puestos a parecer pijo. Qué le vamos a hacer.

No sé por qué, pero terminamos hablando de los pecados capitales, y de la pereza, y de las cosas que nos perdemos por rendirnos ante ella. Lo malo de la pereza -que a veces esconde otros sentimientos, como el miedo- es que impide a uno mismo descubrir todo lo que se pierde. Nos impide conocer, de verdad, lo interesantes que pueden ser las cosas, ver crecer el mundo y crecer con él.

Cuando llegamos delante de la casa de Yandel, este se bajó y se despidió de todos muy amable y cortésmente, tal y como es él. Creí que se había sentido a gusto y que, tal vez, hubiera podido alargar un poco más el trayecto de vuelta a su casa. Yo estaba muy cansado, todavía teníamos que llevar a Natalia a Can Puiggener, pero a mí no me habría importado poder charlar un poco más.

-¡Nos vemos mañana a las ocho! -Le advertí, medio en broma, medio en serio.

-¡Sí! -Respondió, con un matiz dudoso en la voz, antes de cerrar la puerta del coche.

Pero a la mañana siguiente, Yandel no vendría a clase. Ni a la siguiente.


11 de diciembre de 2025

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