Històries de l'alumnat, 4
Las cejas de Yasmin
Aunque intento hacer las cosas lo mejor que puedo, como profesor, siento que cometo errores todo el tiempo. A veces estos no pueden evitarse: nunca podemos saber con absoluta certeza qué consecuencias tendrán nuestros actos, incluso cuando nacen con la mejor de las intenciones. En este sentido, creo que un buen profesor es, por un lado, alguien cuidadoso, que no da las cosas por sentado y trata de sobreponerse a su propia ignorancia; y, por el otro, alguien capaz de darse cuenta de sus errores, de aprender de ellos para no repetirlos.
Uno de esos errores lo cometí, hace años, con una alumna de 2º de la ESO a quien podríamos llamar Yasmin. Yasmin era -y todavía es- preciosa. Muy pequeña y delicada, con una cara tan suave y perfecta que parecía la de una muñeca de porcelana.
Sólo una característica de su rostro rompía esa imagen: sus cejas, que, encima de sus ojos oscuros y brillantes, destacaban, tupidas, salvajes, hasta juntarse sobre la misma nariz. Era muy curioso: normalmente, este tipo de cejas resulta desagradable a la vista. Se vuelven incluso motivo de vergüenza para quien las tiene.
Yo mismo, que, como todo el mundo, tengo un poco de entrecejo, no me siento a gusto con ello. Preferiría que no estuviera. Cuando era adolescente, me quitaba con unas pequeñas pinzas, delante del espejo, todo rastro de pelo que pudiera tener encima de la nariz, sin dejar ni uno, por pequeño y fino que fuera. Era muy inseguro, y no quería disgustar a quien me mirara: quería resultar y sentirme atractivo ante los demás. Luego dejé de hacerlo: "son mis cejas", pensaba, "y si no gusto a alguien por algo tan nimio, así será".
En el caso de Yasmin, sin embargo, esas cejas tan especiales, por contraste con el resto de sus rasgos, quedaban realmente bien. Resaltaban todavía más su belleza, la hacían más personal y expresiva.
Un día, cuando nos encontramos entre clase y clase, Yasmin se rio de mis cejas. La verdad es que me sorprendió. Más allá de que Yasmin tuviera por lo general un carácter amable y respetuoso, no me esperaba que alguien así pudiera meterse con las cejas de otro. Pronto reconocí en ella, claro, esa inseguridad que yo y tantos otros hemos tenido también; pero me pareció mal que reaccionara a ella ridiculizando a los demás. Así que, como respuesta, decidí castigarla ligeramente, con la misma moneda, para que se diera cuenta:
-"¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?"- le pregunté en tono de broma, citando un pasaje de la Biblia.
Ella, sin poder evitar una sonrisa, bajó los ojos y enrojeció. Y yo continué la jornada y me olvidé del incidente.
Pero, a la mañana siguiente, ocurrió algo verdaderamente chocante que me pareció terrible. Yasmin apareció con las cejas recortadas. Y no sólo en la parte que comentábamos, sino también en los bordes, arriba y abajo. De pronto, esa belleza tan personal había quedado mutilada con un gesto que, además, había nacido, no de la creatividad, como quien se tiñe el pelo de un color vistoso o se hace un tatuaje; sino de sentimientos negativos.
Me entristecí. Le dije que no lo hiciera, que sus cejas eran muy hermosas. Se lo repetí cada vez que la vi a partir de ese día, durante un par de semanas. Pero el daño ya estaba hecho. Que yo sepa, Yasmin no dejó crecer, tal y como son, sus cejas, nunca más. Incluso cuando la volví a ver, años más tarde, las seguía llevando depiladas. Y yo fui el desencadenante de ello.
No es grave, es cierto. Y estoy seguro de que a Yasmin no le supo mal lo que hice. Desde entonces, sin embargo, no he vuelto a hacer un comentario parecido a ninguno de mis alumnos. O, al menos, lo he intentado.